Posted by on Dec 29, 2013 in News | 0 comments

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Interview with Newspapaer El Nuevo Día, in Spanish

“Cuando me despierto en las mañanas me siento feliz de poder hacer las cosas que me tocan hacer y cuando regreso a mi casa estoy feliz de regresar a este lugar”Steven Weingarten

Somos tres en el balcón de la casa de don Esteban: él, yo y la exuberante naturaleza de los montes de Utuado. Música intimista de flauta se escucha al fondo y al frente, la algarabía de los pájaros interrumpidos por el ladrido de un perro aburrido.

“En la India es común para un hombre al llegar a cierta edad en su vida el dejar atrás sus deberes y su rutina diaria para involucrarse en una vida más espiritual”, expresa don Esteban. Sin embargo en su cambio de vida ha sido en el verdor silvestre del paisaje de Utuado y no en la India donde se ha refugiado este abogado niuyorquino retirado, de 66 años, aprendiz de jíbaro como le gusta describirse. Con la compra en 1996 del entonces parador Casa Grande de Utuado, Steven Weingarten, don Esteban para sus empleados y amigos, ha visto florecer su vida en una época en donde muchos se conforman con recolectar la pensión.

Lo que comenzó como un destino vacacional para huir del frío invernal de Long Island se transformó en el destino de este apasionado jardinero, maestro de yoga y abuelo primerizo. “Este cambio, esta oportunidad llegó a mi vida en el momento oportuno, cuando yo estaba preparado para aceptarla”, explica orgulloso de su suerte.

Probablemente la impaciencia de la juventud hubiera sido un obstáculo más de los muchos que tuvo que enfrentar don Esteban cuando decidió convertirse en el dueño de la histórica Hacienda Casa Grande, la plantación de café de la familia Morell durante el siglo 19. El actual hotel y “mountain retreat” poco tiene que ver con el parador en decadencia que encontró Weingarten durante su estadía vacacional.

“Recuerdo que mi esposa y yo llegamos al aeropuerto y viajamos a Utuado, perdiéndonos en el camino por la carretera de curvas que habían antes de que construyeran la número diez”, relata. “Cuando por fin llegamos en la noche nos encontramos con un hotel que estaba en decadencia, el agua de la piscina estaba verde, las luces débiles apenas alumbraban la oscuridad y en el restaurante no había un menú, sino sólo un plato del día. Durante la estadía por alguna razón misteriosa los empleados nos hablaron espontáneamente de lo maravilloso del lugar y de que quizás estaría a la venta. En ese momento, yo pensaba que no venía a Puerto Rico a comprar un hotel sino a relajarme. Pero también el paisaje y la posibilidad de crear aquí un nuevo jardín, fue despertando mi interés en esa posibilidad”. Medio año después la compra se cerró y tras sobrevivir el paso del huracán George, el divorcio de su esposa y socia, derrumbes de tierra, problemas laborales y la cancelación de importantes contratos Casa Grande y su nuevo dueño perseveraron y evolucionaron en una dirección alternativa.

“En los primeros años todavía yo estaba ambivalente y no me había comprometido del todo con el hotel y con mi vida aquí”, relata. “No sabía muy bien lo que quería hacer y había ocasiones en que buscaba la posibilidad de vender el lugar, sentía que no podía aguantar un día más rodeado de tanto trabajo y problemas. Al final resultó que éste era mi destino, estar aquí haciendo lo que hago. Aquí es donde pertenezco. Mi profesión de abogado fue mi trabajo pero esto es mi pasión. Cuando me despierto en las mañanas me siento feliz de poder hacer las cosas que me tocan hacer y cuando regreso a mi casa estoy feliz de regresar a este lugar”. La pasión del ex abogado por la jardinería, el yoga, la meditación y el Qui-Gong ha hecho que estos aspectos sean los que distingan a su hospedería. Entre el verdor salvaje de las montañas, Weingarten ha plantado con sus propias manos orden y diseño en los hermosos jardines del hotel. Su conciencia ecológica le ha ganado a la hospedería en cuatro ocasiones el título de “Green Inn of the Year” y le ha llevado a ofrecer productos agrícolas regionales en su restaurante y a desarrollar veredas públicas para explorar los montes y el río Caonillas que cruza por la hacienda.

“Para mí lo más interesante de mi historia en Casa Grande y en Puerto Rico es que ahora estoy viviendo una vida completamente nueva”, declara. “Mi meta es convertir el hotel en el primer centro holístico de PuertoRico y ofrecer programas no sólo para los turistas que nos visitan sino también para la gente de la Isla. Sé que suena un poco cursi, pero creo que era mi destino, venir aquí y hacer lo que hago. No me puedo imaginar hacer otra cosa, vivir en otro lugar o ser más feliz de lo que ahora soy”. Su casa en las alturas de Utuado y rescatada del abandono y la maleza es ahora el santuario de don Esteban. Desde esta casa chiquita el aprendiz de jíbaro diseña jardines y sueños para su Casa Grande. Ya no somos tres sino cuatro en el balcón de don Esteban. La inspiración perfuma el aire.

por WANDA MÁRTIR / Especial para El Nuevo Día